OPINIÓN / Los retos de Carlos Alberto Botero



Le espera esta semana en Pereira, al  gobernador del  Risaralda médico Carlos Alberto Botero, el desafío  de convocar a   los 31 colegas más  de Colombia.

El estreno al lado de Germán Chica, director ejecutivo de este colectivismo gremial de los mandatarios regionales, es inmenso.

No  es fácil para el Presidente de la Federación de Gobernadores, agrupar las diferencias  regionales  en medio de la  creciente pobreza  y el pugilato por quien le echa mas “mermelada a la tostada” de las regalías (En instantes, que mientras Dosquebradas coloca los muertos, los recursos le son marginados, esquilmados, como lo denunció con valor civil, su alcalde, Diego Ramos Castaño). Como lo afirmase el propio señor Presidente Santos, en un territorio donde cada vez mas las  “brechas son inaceptables”.


En Risaralda, todavía no se ha valorado las implicaciones que para el departamento tiene que el médico Botero haya alcanzado esta cúspide, superando  otras personalidades provenientes de departamentos más viables.

Es curioso que ya casi al completar los 100 días de gobernadores y alcaldes,  la región pregunte si hay mas trabajo, menos pobreza y más seguridad como lo pregonó al inicio de su gobierno el Presidente Santos. 

Asiste Colombia hoy a una agonía – a cuenta gotas – que merece repensar  si bien vale cerrar muchas gobernaciones, por ser inviables y que piden -de manera moribunda-  redefinir competencias fiscales. 

Gobernadores que claman por una regionalización de la inversión pública.

Pregona el plan de desarrollo “Prosperidad para todos” y que para cumplir sus metas requiere de $564 billones, igualdad y oportunidades que no aparecen; competitividad incierta, ciudades menos amables por el resurgir galopante de la informalidad y el desempleo y un modelo  muy al estilo de la Tercera Vía -de la cual  el doctor Santos es uno de sus discípulos  eximios- de  la “combinación estatal con la economía de mercado”. Este es un país mal repartido.

A la hora del inventario, Colombia toda se pregunta si la destrucción y el daño ambiental, provocado por el mal llamado “desarrollo minero y la expansión energética”, prevalecen por esa política económica desafiante que no distingue sino que arrasa y aplasta.

Preguntamos, a pocas horas de instalarse el evento, si hay asomos confiables de “buen gobierno” cuando la maraña - esa red estatal- no logra distinguir lo público y lo privado y las decisiones son lentas y  tardías y el ciudadano se aleja mas del Estado, en medio de la desazón, sin respuesta cierta.   

Con preocupación, las gobernaciones de Colombia, llámese ciudadano de a pie,  han visto multiplicarse la pobreza, mirar la ventanilla de la muerte entre el aciago panorama de la salud y el infortunio de quien va a un hospital a valorar, con sus propios ojos, la infamia de este carrusel inhumano. O, que decir, de las vías que siguen sumidas en el caos, en promesas incumplidas para los damnificados del invierno “ahogados” en papeleos inútiles, en inseguridad y en un sistema pensional   colapsado y absurdo.

Es la hora del médico Botero, cuando la centralización salpica la región y las talanqueras presupuestales, asoman de manera estrambótica con normatividad espesa. 

No pueden seguir durmiendo estos departamentos sobre rentas de licor y tabaco, cuando rumba el contrabando, cuando las EPS hacen fiesta con los recursos para atender  la salud. O, abrirle fronteras a la maldita corrupción, que como por entre un tobogán, sacrifica recursos de la educación o la vivienda o sumen al angustiado en la pérdida de su tierra como un nuevo éxodo moderno, que lo aparta de su familia.

Más que un encuentro de gobernadores donde florece la cortesía y las venias, debe hacerse una autocrìtica sobre el manejo del Estado y las respuestas, a las necesidades de estos 45 millones de colombianos.

Las regiones no pueden ser un nicho o un trampolín que elige o destituye gobernadores.   

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