Una de nuestras grandes decepciones cuando se adelantaron las conversaciones con el M-19 para que depusiera las armas, fue la exclusión del tema rural, especialmente el de la Reforma Social Agraria, pues, entonces como ahora, tenía especiales importancia y vigencia.
En nuestro modesto concepto, los términos Desarrollo y Reforma tienen diferentes implicaciones en su aplicación. Desarrollo es un proceso transformador, largo en el tiempo, con diferentes componentes generalmente distractores o paliativos, no fácilmente mensurable por lo disperso en su aplicación. La Reforma es un proceso rápido que se debe dar en unos espacios y tiempos determinados, de acción inmediata y con un objeto concentrado, definido. Hablando coloquialmente implica un “revolcón”. De ahí que hablemos de Reforma a la Justicia, Reforma Tributaria, Reforma a la Salud, etc. Y no hablemos de ellas como Desarrollo a…, como acciones inmediatas que conlleven a cambios sustanciales y -por qué no, si es lo esperado- radicales.
En los diferentes estratos sociales y niveles gubernamentales de nuestra Patria, se acepta la existencia de un grave problema agrario y la urgente necesidad de resolverlo con la participación de quienes han contribuido en gran medida a su agudización: las FARC. Este problema agrario en nuestra País con un rico potencial agropecuario, con una inadecuada e injusta estructura en la tenencia y explotación de la propiedad rural, con una industria subdesarrollada, afrontando la globalización de la economía, firmando tratados de libre comercio (TLC) sin estar debidamente preparado, especialmente en materia de infraestructura vial, aérea y portuaria, pero en todo caso de espaldas al sector rural, en especial del Campesino, tiene ahora una coyuntura histórica que merece especial y cuidadoso tratamiento, so pena de agravarse.
Por eso somos partidarios de que no se plantee la solución con un criterio de DESARROLLO sino de REFORMA, que debe tener como centro especial al Hombre y Mujeres Campesinos hacia quienes deben apuntar elementos fundamentales como la redistribución de la tierra, la formación técnico-empresarial, el sostenimiento medio ambiental y los recursos tecnológicos y de capital, todo a través de créditos de fomento, esto es con bajas tasas de intereses.
En estos momentos de “efervescencia y calor” es que los sujetos activos víctimas, actuales y potenciales, las fuerzas gremiales, políticas, sociales, académicas, religiosas, profesionales, etc. deben concurrir con su clamor, con su opinión, a exigir que no se desperdicie esta ocasión única y bendita, para que se REFORME, de una vez por todas, tantos factores determinantes del atraso, humillación, sumisión y sacrificio de nuestro abnegado y martirizado campesinado, sector de subsistencia en el campo, porque es el que surte de alimentos las alacenas de los citadinos. Debemos recordar que los campesinos son quienes cultivan la mayor cantidad de productos agrícolas que cotidianamente consumimos frescos. Se calcula que, en promedio, un campesino produce alimentos para quince citadinos.
Los terratenientes, porque cuentan con los suficientes y necesarios recursos económicos y bagaje empresarial, industrializan sus productos, con enormes valores agregados, muchas veces birlando los derechos laborales de los labriegos.
Para el Campesino la tierra es consustancial a su existencia, como lo es el agua para el pez o como el aire para el pájaro; la tierra es considerada como un patrimonio natural suyo. Por ello han proclamado que “la tierra es de quien la trabaja”. Las experiencias que el campesinado, casi siempre convertido en el proletariado rural, ha venido acumulando en sus luchas por mantener su propiedad y/o la recuperación de la tierra, deben servirnos para trazar nuevas estrategias que impliquen profundas reformas estructurales en el agro colombiano, que permitan avizorar un futuro halagüeño para las actuales y nuevas generaciones, porque el bienestar y progreso en el campo se reflejan en la ciudad y aclimatan la esquiva paz, que sólo se consolidará con justicia social, económica y política.
El actual Gobierno Nacional, en su Reforma Tributaria en proceso de aprobación por el Congreso, ha rebajado el IVA (del 16% al 5%) para muchos insumos agropecuarios pero nada se dice de los aranceles para la importación de la materia prima, determinantes en el precio de su producción en manos, casi siempre, de Multinacionales. Paños de agua tibia, pero sabemos que éstos apenas alivian pero no curan. En fin, algo es algo, como dijo el conformista filósofo de donde son dos veces, de Sonsón.
En un próximo artículo analizaremos retrospectivamente los procesos de Reforma Agraria por los que pasamos el siglo XX. Hasta entonces.

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