OPINIÓN / Entre el miedo y la esperanza


En Colombia el censo electoral reporta 32.975.158 cédulas habilitadas para sufragar.

En Risaralda, los mayores guarismos aptos se concentran en Pereira, 377.378 personas. Le siguen, Dosquebradas con 141.950; Santa Rosa con 56.274 y La Virginia, con 29.774.

En el exterior, escasas 546.976 lo hacen en 64 embajadas y consulados  (el mayor potencial está en Caracas, 60.398 colombianos lo hacen).

En la pasada contienda la ola verde con Antanas se desplomó en la segunda vuelta y registró 3.134.222 votos. Ganó Juan Manuel, a quien por obra y gracia de los estrategas políticos, le botaron el Santos: obtuvo 6.802.043 sufragios. En el 2010, fueron en total: 14.348.616.

No creo que exista voto cerrado o estrecho en la segunda vuelta. Falso. Esta primera vuelta es un simulacro, por decirlo de alguna manera.

La gente saldrá a votar en un país otra vez polarizado.

La historia cuenta que hemos tenido Presidentes buenos, regulares y malos y gracias. Muchas gracias.  Muy pocos han sido excelentes. Todavía no sé si hemos salido de la Patria Boba, del país de la desmemoria y del olor a chontaduro. Se, a lo largo de la historia vivida que hemos vivido entre el miedo y la esperanza. En una ruleta mafiosa. Entre ruido de fusiles. Entre extremos  y grupos de izquierda y derecha almidonados en el tiempo  y refugiados en un pasado  maloso.

Colombia ha sido pendular: lloramos a los muertos y nos da igual la muerte de Gabo, de Calidoso, del niño desnutrido, que la victoria ruidosa del que hace trampa y engaña. Le huimos y condenamos a la guerra pero nos matamos en cualquier esquina. No queremos a nuestros viejo0s, mucho menos a los niños. Aquí somos apologistas de la muerte.

En vez de ser la política la forma más civilizada de comprendernos, naufragamos en los propios pantanos que construimos hasta ahogarnos. Somos un país víctima. Entrampado, oculto, invisible, enmarañado. Parecemos un sumergible tirado al agua cada noche. Una Patria laberinto. Descuadrada y en déficit de liderazgo. Poco creemos en su dirigencia.

Teniendo el poder de elegir, jugamos a las escondidas. A la gallina ciega hasta golpearnos. Aquí pareciésemos no elegir sino condenarnos, a repetir el remolino. Dejamos a un lado el mejor candidato que es el voto. No creo. Con el respeto de tantos, que la democracia. Sea el voto en blanco o el abstencionismo como respuesta a un país que vez de  balas requiere ideas. No quiero una Colombia cómplice que agoniza con el silencio de gremios pretenciosos que ven negocio en el cabildeo, en la delincuencia disfrazada de mala política, entre partidos políticos que “cuadran” leyes. No quiero una Colombia de ladrones repletos de cuello blanco y mancornas, de ejecutivos  que se lazan con la fama y el dinero  y que se repiten en las páginas sociales de revistas y periódicos y que pagan publicidad para comprar silencios cobardes. De gobernantes que deshonran el voto. De ladrones con credenciales donde estén.

Pasemos del miedo a la esperanza. Colombia merece la suerte que quieren nuestros hijos. No podemos gritar hoy: ¡Qué gané el peor! Como si aquella figura pambeliana fuese el filósofo que rige nuestras vidas.

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