El Partido Liberal está estrujado y quiere reivindicar su nombre. Cada vez su figura se desarma de acuerdo a intereses propios. Muy personales. Parece un vallenato estridente.
Pero sigue con la lupa encima: el escándalo está vivo con el enfrentamiento de los ex presidentes Pastrana – Gaviria. A ello, súmele, la “guerra fría” entre el delfinato rojo: Simón y Juan Manuel Galán.
Santos, el hoy Jefe de Estado, pide terminar odios y rencores pero nunca ha parado de “disparar” al ex presidente Uribe.
En Risaralda, el telón cae: de nuevo la estampida roja al tirar al abismo una nueva candidatura al senado de origen local. El liberalismo es un partido de resortes desarmables: los máximos éticos le permiten el mesianismo. Juntar apoyos feriados, llevados al carnaval, al bingo político.
Filtros no hay. Se hace con descaro y harto de cinismo. El volumen de sus apoyos, produce ruido y va para diversos colores. Por debajo y por encima de la mesa. La política es un nuevo parque temático al mejor estilo electoral.
La abundancia de candidatos es una ventanilla única. Hoy todavía no elige el cuarto renglón. Por los lados del Concejo, el partido es un rompecabezas. Todos mandan nadie obedece. Por la Asamblea, la ruptura interna no afloja.
No habrá sorpresa: Simón se repite en la presidencia de la DNL. Un Serpa sin dobleces, meritorio, de trayectoria, orienta la lista al Senado. No olvidar que es el colombiano que más votos ha acumulado en las urnas. De paso, el apoyo a Santos está cantado.
Mientras que se aferra en la convención de la U, el liberalismo lo pinta de calabaza roja y lo hace su propio candidato. Le ha ido bien con la mermelada untada y restregada con diversas herramientas. Le da oro y mirra….
El liberalismo come callado: la salud parece no interesarles mientras los muertos rompen estadísticas; el microtráfico es espuma por calles y carreras de Colombia; el desempleo no está en la agenda y la seguridad urbana se despacha con cifras que crecen en homicidios, asaltos, atracos y los llamados robos menores.
El liberalismo está jugado pero lo mata el fulanismo. El liberalismo no tiene cómo sacar candidato propio porque está alquilado. Parece un partido desmovilizado: que teme que le recuerden el pasado.
Además, juega a una falsa Unidad nacional, que no es más que una componenda de partidos para negociar puestos sin principios. Entregarse a pedazos, por la puerta de atrás. Sin confianza y con una credibilidad sostenida con dudas.
El ruido más que representar votos, debe representar decencia y no debe ser un partido en cuerpo ajeno.

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