Pintaba bien. Juego amable, con estadio lleno, espectacular, figuras de renombre en el reencuentro apasionado con la selección, la misma que calo profundo en el mundial. Un tufillo de revancha, disfrazado, rondaba en el ambiente.
Al correr el balón, el juego se hizo tosco, gobernó la pierna fuerte auspiciada por un árbitro desorientado; Neymar el jugador diferencial, cosido a patadas, abrió el camino a la victoria por el rincón maldito de David Ospina, figura como siempre en la portería colombiana.
