Mi amigo, el urólogo Jeremías, a eso de las nueve de la noche salió de la clínica donde recién había realizado una cirugía de próstata. Se dirigió en su carro a casa a descansar ya que ese día fue muy agitado, especialmente porque en la tarde se complicó el estado de salud de uno de sus pacientes.
Cerca de su casa, como a siete cuadras, se acordó de comprar un encargo que le hizo Jimena, su hija mayor, de materia prima que requería para realizar una tarea del colegio. Estacionó su automóvil al frente de la primera papelería que encontró en su recorrido; prendió las estacionarias; y confiado bajó de él, ingresó al establecimiento, hizo el pedido, canceló y salió.










